¿Cuánto estás dispuesto tú a lograr lo que deseas sin presionar al tiempo?

By: Naara Simpson

Parecía imposible, qué digo imposible: simplemente un dolor insoportable e inhumano. La peor pesadilla era enfrentarme a estas cuatro paredes sin ustedes; retorcerme en una esquina de dolor y de miedo; y entregarme al más fastidioso de los llantos, como la insalubre y pertinaz lluvia de una tarde de invierno deprimente y necia, nefastamente oscura.


Se me pasaron las estaciones pensando que nunca acabaría la soledad, sin encontrar gracia al pan dulce o sabor alguno al café de calcetines de cada mañana, y ahora que por ahí sé que no iba el asunto no deseo que regresen esas frías lecciones de vida, aunque siga debiendo tenerlas, pues eso de vivir es inevitable.
Y no es que el café haya mejorado, me sigue sabiendo insípido, y no intento variar la receta, la acepto así, pero sí puedo visualizar con más claridad las cosas que por obvias razones me resistía a cambiar dentro y fuera de mi ser, y que directamente perjudicaban mi entorno; y regresa a mí el sabor de la tranquilidad y la frescura veraniega de los días soleados en los que tanto se anhela una sombra, y la encuentras justo debajo de las hojas airosas de la soledad…
Entonces, un día inverosímilmente común te descubres en paz contigo y con tus circunstancias sin que eso signifique que estés cómoda aceptando tu condición, sino todo lo que pudiera resultar contrario, puesto que en definitiva no estás cómoda, estás confortable, serena…
Naara, me decían mis amados, date tiempo, verás que miras todo de manera distinta, tiempo, tiempo, tiempo…
Y el tiempo se te hace una melcocha que baja burda, torpemente lenta, desde un jarro viejo de mieles agrias, sin el dorado reflejante de la miel-esperanza, y en esa mentalidad te resulta improcedente pensar con fluidez, imaginativamente, o con algún halo de certidumbre, y hasta es gustoso revolcarse en esas melcochas podridas, obsoletas, que sin fin sigues justificando.
Era el tiempo, y la madurez, por supuesto; que algunos llega con la edad y a otros más con las circunstancias, pero a tantos afortunados como a mí, nos llegó además de con eso, sancochada de desgracias, y de verdad de esta manera, sí que se aprende más.
Ese tiempo es sabio, y hasta a veces burlón; nos clama por paz, mas no te deja hallarla sino hasta que estés completamente preparado para ello; ese tiempo que se lleva con Dios y que platica con él para saber cuándo no es más tarde y cuándo no debió ser más temprano, como la flor que abre en primavera únicamente, como la gota de rocío que refresca cada mañana, como la luz de la aurora que no viene ni un minuto antes o un minuto después, porque cada día es divinamente diferente al otro aunque se ate de ello; como el año que acaba para dar pie al siguiente, con un propósito definido en cada gota de sangre, de sudor y de ADN que nos programa a ser lo que estamos destinados a ser, y a aprender…
Y el señor tiempo llegó, porque Dios quiso darle permiso, porque Dios quiso que yo me diera permiso de contar diferentes historias desde otras perspectivas, y he de decir ahora que mi lucha y desesperación fueron solo vacíos creados por mi realidad y mi madurez, fueron solo cortinas que no me dejaban aceptar las cosas como eran, como son o como serían.
Y ese tiempo valioso que seres queridos me regalaron, las palabras hermosas, la luz de sus seres, todo aquello que no desprendió de mí las sonrisas, todo esto y aquellos, se unieron al tiempo, mi tiempo, el tiempo de Él debidamente planeado, y hoy, hoy solo puedo decir y agradecer por cada minuto que nunca estuvo perdido. Hoy por hoy si es más temprano, bien, si es más tarde, también; no es que de por sentado todo o que eche de menos algo, es que simplemente el tiempo me regaló paciencia, y una que otra virtud más, porque la vida es vida, y hay que aceptarlo, no son carreritas.
Y la pregunta ahora sería, ¿cuánto estás dispuesto tú a lograr lo que deseas sin presionar al tiempo?

Leave a Reply