¿Quién eres tú cuando lees?

By: Naara Simpson

Queremos saberlo todo, con la premisa exaltada y sin riendas por el sendero, para terminar por saber tan poco como un simple normal, mejor conocido como mortal, quizá sea esa la razón de nuestro existir, y del querer existir leyendo.

Así que leyendo la otra noche un cuento de Márquez, me dije a mí misma: ¿Por qué el impulso de leer?

Bien dicen que los libros elevan el alma y uno muy chiquitito me enseñó grandes consejos acerca de la lectura, uno de ellos, y muy importante a mi consideración, es leer únicamente lo que nos gusta y cuando nos plazca, sino qué chiste.

Yo he de confesar que mi vida perfecta sería morir de amor en numerosas tardes, perdida entre los libros, comiendo borbotones de novelas sazonadas con obesas y gordas hojas  y versos en salmuera. Largas horas en la claridad de una media luz mental que me ilumine de a pocos las penumbras personales de la vida cotidiana y siempre de prisa, para enaltecer las suaves y jugosas letras que alimentan mi espíritu, días perfectos entre música, luz, letras y películas, la vida perfecta de Naara.

Y cualquier mililitro de alcohol sería solo para las lecturas obligadas, que de vez en cuando los ávidos lectores tenemos el lujo de darnos, lecturas acompañadas de la libertad sublime de la soledad.

También he de confesar que a través de las lecturas he vivido los más fascinantes amores de mi existencia, justo a la par de mis sin sabores y dramáticos enamoramientos. Sí, son los libros mis mejores amores, mis dramas, mis alegrías, mis mañanas sin quehacer, mis noches de insomnio y confieso asimismo, que ningún amor terrenal me ha hecho sentir lo que la humedad febril de una página abierta, bebida letra a letra, me provoca.

Los libros, por mucho o por poco, serán como fueron desde tiempos inmemoriales: compañeros, consejeros, verdugos, confesores, instigadores, pacifistas, hermanos, alentadores, orientadores, compañía sincera; porque un libro que se lee por placer es como tener una relación sana y francamente honesta con uno mismo.

Muchos escritores para mí son mis mejores amigos, porque sus palabras le brindan tantas veces sentido y alegría a mis días, que de no ser por ellos estarían mutilados de tantas tristezas.

Tú que me lees me darás la razón, todo libro que requiera ser leído no es tan bien leído como el que desea ser leído y por lo tanto, debe ser leído con pasión, con orgullo de saberse entre tus manos, ávidamente leído, releído, poseído, venerado.

Es verdad también que puede posponerse una lectura, que puede obligarse, que puede suspenderse y retomarse, redirigirse, incluso, lo sé, puede ocultarse de tus comentarios, de tu repertorio, en lo recóndito de tus conocimientos, porque las lecturas pueden darnos tanto de qué hablar, como de qué callar.

Y entonces las lecturas tienen tantos títulos como ha inventado el humano: las lecturas forzadas, las malas lecturas, las sabias lecturas, las lecturas obligadas por el hambre de saber o de conocer, las lecturas obligadas por los estudios específicos de una materia, las lecturas por cultura general, las dramáticas lecturas, las lecturas que forzan al llanto, las lecturas amenas, las lecturas explicadas, las lecturas inexplicables, las lecturas inducidas, las lecturas muertas, las dulcificadas lecturas, las lecturas sospechosas, las lecturas profundas, las lecturas impuestas, las lecturas perdidas, las lecturas orgásmicas, las lecturas fructíferas, las desventuradas lecturas, las lecturas por locura, lecturas diurnas, lecturas pasivas, lecturas insomnio provocadas por lecturas, las lecturas impulsivas, las desacertadas lecturas, las lecturas atinadas, las lecturas justificadas, las lecturas circunstanciales, las lectura-tortura, las lecturas lentamente dosificadas y cada una de ellas en una circunstancia y en una edad o etapa diferente de nuestra existencia, algunas sin recato, algunas sopesadas, y que nos transforman en quien somos, en cultos, en sabiondos, en pésimas personas, el nobles, en políticos, en liberales, en activistas, en románticos, en soñadores y en comunes seres extrañamente interesantes.

Puedes, como yo,  sentir orgullo de tus lecturas que al cabo son parte de ti, sentirte tranquilo de ir por la vida contradiciendo tan a la Borges, tan Tolstoi como cuando se describe, tan Cortázar como cuando experimentamos, tan Márquez como cuando imaginamos; y ser todo eso que eres, malo o bueno, no sé, ser todo eso cuando vas por allí hacia el sofá, hacia la cama, cuando estudias, cuando hablas, cuando caminas por la calle contigo mismo sabiendo que lo que eres, es todo eso que lees.

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