El Imperio Romano asimiló las ciencias y las artes de la antigua Grecia y las difundió por Europa junto con su sistema jurídico. Este acervo cultural  cayó en el olvido cuando desapareció el imperio bajo las incursiones de bárbaros guerreros provenientes de Centroeuropa, liderados por Atila. Los guerreros saqueaban las ciudades, pueblos y villas sembrando el terror. Para hacer frente a tal barbarie, las ciudades, pueblos y castillos fueron protegidos por enormes murallas; sin embargo, los caminos quedaron infestados por bandas de asaltantes que provocaron la decadencia del comercio y el intercambio cultural. Los libros que lograron salvarse quedaron bajo el resguardo de las bibliotecas de los monasterios por cientos de años.

Ante esta situación, las dinásticas familias imperiales de Roma cambiaron de táctica. Ya no tenían suficientes tropas para imponer el orden y optaron por dominar a través de la conciencia. Sin despojarse de sus mantos púrpuras se convirtieron en cardenales y príncipes de la Iglesia, dirigidos por el Sumo Pontífice, detentador de los designios morales y divinos sobre los humanos. Con esa autoridad, el Sumo Pontífice, comenzó  reconstruir el imperio; en principio  coronó reyes y emperadores, para ungirlos  como seres de  cierta investidura y autoridad divina para gobernar. Con esa idea, muchos señores feudales y reyes acudieron por su propia voluntad a Roma para ser bautizados y reconocidos en su jerarquía de nobleza y elevarse ante los ojos de sus ciervos y súbditos. Bajo esas condiciones la filosofía fue reemplazada por la teología y toda actividad humana fue subordinada para servir a Dios. Cualquier otra forma de pensar se volvía sospechosa o era combatida con rigor. Así se conoció a la Edad Media como la era del oscurantismo.

Por otra parte, la situación de Europa se volvió difícil; su frontera sur fue amenazada por la expansión del Islam, y las incursiones de los Vikingos por el norte. Solo la autoridad del Sumo Pontífice era capaz de unificar las fuerzas de los príncipes cristianos para enfrentar esas amenazas. Carlomagno, fue designado emperador de los Francos para contener la invasión Árabe, que ya se habían apoderado de España y Portugal. En la batalla de Potiers, el emperador Franco derrotó al Islam y libró al resto de Europa. Estas hazañas dieron tema para que la literatura medieval  resaltara la figura del caballero andante. Una especie de héroe que es capaz de sacrificar su vida por servir a Dios y a su rey.

Durante esa época, mucha tinta corrió  para relatar las increíbles historias de caballeros andantes que peleaban por la justicia y quienes viajaron a Palestina para rescatar los lugares y las reliquias santas del cristianismo. Seres que adquirieron tintes mitológicos, quienes se enfrentaban a dragones, perversos magos y seductoras hechiceras.  Por esa época se erigieron  enormes catedrales terminadas con artísticos bajorrelieves, plasmando en ellos imponentes relatos de ángeles, santos y vírgenes, cuyo esplendor era posible por la sobreexplotación de las masas de ciervos (campesinos) que se debatían en la pobreza. En estas precarias condiciones eran frecuentes las epidemias que diezmaba frecuentemente a la población; para conjurar estos flagelos se organizaban grandes peregrinaciones a los santuarios donde se veneraban milagrosas imágenes.

Para el siglo XIII las circunstancias comenzaron a cambiar. Las antiguas villas de artesanos (burgos) se transformaron en prósperas ciudades donde residían poderosas familias que rivalizaban en riqueza a los señores feudales de antaño. La nueva clase pudiente impulsó las ciencias rescatando textos antiguos e impulsando la creación de universidades; se volvieron mecenas de eruditos, pintores y escultores, lo que trajo consigo constantes luchas entre familias que pugnaban por mantenerse fieles a la nobleza o al Sumo Pontífice y otras que se manifestaban partidarias de la autoridad civil representada por el emperador. Las luchas fueron más intensas en las ciudades del norte de Italia; en la ciudad de Florencia se recrudeció la lucha entre los Güelfos y Gibelinos. Cuando un bando ganaba, de inmediato desterraba a las familias del bando contrario. En uno de esos tantos cambios del destino, Dante Alighieri salió desterrado de Florencia, su ciudad natal. En su prolongado exilio fue que escribió “La divina comedia”, obra que nos permite apreciar claramente los cambios que se forjaban durante el Renacimiento.

Sin apartarse de lo divino, Dante tuvo la audacia de incluir a la mujer como fuerza inspiradora. Hizo una descripción de las bajas pasiones que dominaban a sus coterráneos, colocándolos en distintos planos del infierno, a manera de aguda crítica y burlaba así la censura que se ejercía en su época. Posterior a Dante los pintores ya no solo plasmaban ángeles, santos y vírgenes y se dedicaban a pintar a la mujer como lo más bello de la creación. Los escultores se tornan audaces, diseccionan cadáveres (actividad prohibida y penalizada como acto de brujería en esa época) para estudiar la anatomía humana, lo que permitió que se tallaran esculturas que hoy asombran por su exquisitez orgánica, rescatándose la antigua aspiración griega donde se buscaba y admiraba la perfección de las formas humanas. Las universidades se olvidaron de la teología escolástica y deshojaron por completo el árbol del bien y del mal. Como un triunfo trae consigo otros, en el siglo XV apareció la imprenta, que hizo posible la divulgación de los libros y el conocimiento paulatinamente dejó de ser privativo de ciertas élites.

En la actualidad las ciencias y las artes tienen como prioridad el bienestar de los géneros humanos en la preocupación por el destino del hombre.

“La divina comedia” representó los primeros balbuceos del cambio conocido como el Renacimiento, e incluso  fue inspiración de lo que es “El Infierno”. Esta obra de Dan Bawn, expresa claramente una reflexión sobre el destino de la humanidad frente al desafío de la superpoblación.

Yo me pregunto, ¿qué habría hecho Dante si hubiera conocido a los corruptos e ineptos políticos mexicanos? Seguramente hubiera descrito dos fosos más de tortura en los profundos abismos del  infierno.

1280px-sandro_botticelli_-_la_carte_de_lenfer

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: