Soñando un martes del próximo año, después de la llegada y resurrección de los santos, un sábado en la noche, un día después de la llegada de Alicia, ya siendo una esposa soltera, y en compañía de mis mejores amigos…

De la Caperucita, quien por fin se había dado cuenta que sólo el lobo feroz la podía hacer feliz, al quitarle la familia que le abría arruinado su niñez; del Principito que tras visitar tantos planetas vio la miseria humana y se dio cuenta que necesitan un líder y se convirtió en tirano, después de probar el poder.

Con Cenicienta que se había casado ya tres veces y había quitado a sus ex maridos cuatro palacios; con mi buena amiga la Bella Durmiente, que seguía dormida por ser adicta al Valium y ningún beso ya la despertaba.

Lógico, también estaba Pocahontas que aun cuando se casó en una iglesia nunca superó su origen y se divorció y se casó con un borracho golpeador de su tribu.

Superman llegó tomado de la mano de Robin, quien dejó a Batman por utilizar Viagra; y por último, Jack Sparrow, quien había dejado de beber pero se metía cocaína y tachas. Ya reunidos todos,  siendo las treinta y seis horas en punto empezamos a recibir con todo preparado a los importantes invitados para celebrar un día tan esperado: el nacimiento de un minotauro.

Mi casa hermosa, en la orilla de un acantilado de un volcán que tiraba palomitas de maíz, tenía  terrazas detenidas con palillos usados por los dragones, con ventanas de cristales de ilusiones, acabados en esmeraldas y diamantes de sangre y candiles de dragones bebés, que tiraban llamas azules.

Y por fin empezó la fiesta donde está invitada la gente más importante, de esa que no vale nada aun cuando creen que lo son todo.

Lo primero que veían al entrar era la decoración exquisita del jardín con pastos de anguilas y fuentes de guías de juventud eterna, y al fondo una alberca de gelatina, que estaba rodeada de musas desnudas, de las que sembradas, dan frutos de deseos.

Todos felices cuando empezaron a llegar las camionetas de lujo, como las que siempre traen las mujeres engañadas. Y qué sorpresa cuando de ellas bajaban prostitutas aparentando ser esposas, comportándose como damas, de esas tantas que no pueden o logran ser amadas, ellas, con unas bolsas tan grandes y caras donde guardan solamente su soledad junto con el deseo de matar a quién rompió sus corazones por las infidelidades; acompañadas con hijos que aparentan ser amados, pero que solo salen para ser lucidos por aquellas a quienes no importa más que la moda, y acompañadas de maridos  flamantes, entrajinados y feos,  tardando un poco en bajar, pues sin notarlo, se les atoran algunos cuernos en el quemacocos,  y otros tardan porque mandan mensajes a sus segundas amantes.

Cuánto lujo, cuánta vanidad, ambientes rodeados de perfume, de vacío y de frío. Ante ojos banales pueden parecer hermosos los disfraces de las apariencias creadas por las carencias emocionales, de éxitos superfluos, de un mundo en el que más que para estar, se diseñó para huir.

Sería una cena solemne. La mesa está servida con tantos cubiertos por persona como errores abarca la vida, y dos juegos de servilletas para cada invitado, una para el banquete y una solo para secar lágrimas de decepción de la vida de todo asistente; la cena eran pétalos de rosas rojas de amor que al mirarlas se convertían en arena de mar tornándose amargas; pero todos sonreían como si nada pasara; y de postre, un pastel, realizado con esencia vainilla y con toques de “sí me pudiera divorciar” bañado en salsa de lágrimas y sangre de corazón,  pero lo importante realmente es que por lo menos eso pequeños detalles pasaban desapercibidos ante la saciedad de la bebida y las copas.  Dimos de esas botellas que con un par de tragos te pones alegre; de esas copas que no cuentas, copas que te ponen a recordar a tu nueva, no a tu vieja, y con más de ocho tragos  algunos hasta se caen  y a otros les da el efecto de andar queriendo besar a sus amigos.

Y entonces empezó la música: eran arcángeles cantando música norteña, cada quien con su pareja, lógico, solo podían lucir encabronados por bailar con ellas, ya que por decreto divino únicamente se les permite asistir con ellas.

Y la noche revolvía los pensamientos. Unos viendo a las esposas de sus amigos y otras a los esposos de sus amigos; al bailar, las mujeres les murmuraban “si te pudiera dejar”…

Qué fiesta.  La mejor, un éxito, decía Jack Sparrow, cuando todo se empezó a aclarar, y el despertador empezó a sonar. Cuando desperté di gracias a Dios que esto nunca pasó, que fue un sueño surrealista nada más, nada más.

Especifico, un sueño surrealista nada más…

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