Naara Simpson 

Algún día te extrañé, alguna vez quise ir corriendo a dónde tú vivías, pero no sabía si estarías allí, y es que de encontrarte habría corrido hasta a ti y quizá las ganas de estrecharte hubieran parecido una inmensa locura.

Alguna vez quise atreverme a besarte, a decirte lo importante que eras para mí, no solo un amigo, eras los pensamientos de todas mis noches, de mis mañanas, eras todo y cada uno de mis motivos en la vida.

Alguna vez, mientras cocinaba pensaba en hacerlo para ti; en que probaras esa deliciosa cena y que los sabores nos llevaran al inmenso placer de coexistirnos, de investigarnos, de adorarnos.

Algún día, cuando levitaba por las mismas calles que sé bien que ambos caminamos, me imaginé una charla improvisada mientras nos cruzábamos de frente, con la encarnizada ilusión de que a través de mi mirada supieras que yo necesitaba  de ti algo más que amistad.

En alguna lectura de noche, cambiando la página a “del amor y otros demonios”, pensé en leerte en voz alta, para que disfrutáramos los dos de  ese momento, de un excelente cuento, de una poesía, y conformarme de parar el libro sólo por que se acercara la hora de llenarnos de besos, caricias y ternuras.

Alguna vez imaginé que tu delgada silueta tendría la llave de mi casa y que la sombra prolongada de tu ser entraría a oscuras en las intimidades de mi espacio, limpio siempre para ti, cómodo y fresco, tenue y mullido, y entonces el momento de tu llegada sería convertido en la cuenta regresiva de mis horas y anhelos.

Alguna vez pensé que tú, que yo, que la amistad podía prosperar; y pensaba largas horas en el tal vez, en el alguna vez, en el quizá…

Pero no más, porque los sueños se me despertaron en la frialdad y me hundieron en una realidad que no se construye de quizás, de tal vez o de alguna vez, y significaron para mí una situación cruda, sombría y ponzoñosa, y no me dejé cautivar más, ya no más; es que para qué esperar respuesta de lo que jamás supiste…

Sin embargo, eso tanto que amé de ti tuve que aprender a tolerarlo más que desamarlo, y lo que me armó en esperanzas, me desarmó en nostalgia que de a pocos se transformó en recuerdos; y sólo sirvió posteriormente, tras mi desconocido duelo, para juntar los pequeños trozos-frankenstein de mí.

Y ahora de ti llevo el pedazo desgarrante en el corazón que no logra separarse; pues de mi collage te quedaste en el centro, te quedaste al frente de los pequeños papeles de mi existencia, atado a mis vivencias, adherido con el pegamento blanco de la eternidad, sabiéndose  solitario este amor que pudo ser de dos, que pudo multiplicarse sin mutilaciones burdas.

Te amo, te amé, e irreconocible, pero al frente de todo, continuarás cercano entre mi locura y mi razón, para recordar como medalla de amor lo más puro y secreto que engendró mi ser.

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