By: Naara Simpson

Esta es una de las historias de las tantas veces que anduve en el mar, de cómo los espejos del agua iluminan y colorean la vida, mi mundo y la sal.

Quisiera contarles de todas esas cosas que ya no recuerdo y un poquito de las que seguramente tampoco con el tiempo recordaré, así que ésta es una de tantas que seguramente he de contarles.

Ya desde niño había visitado el mar, mi mami me contó que cuando iba a tener un año mis primeros pasos blandos fueron por una playa cercana a Alvarado.

Muchos mares habría de pisar, muchos otros también navegué.

Ya de muy pequeño, cuando no estaba mi mariposita, conocía uno que otro en esta entidad: la verde esmeralda, el gris Coatzacoalcos, el dunoso chachalacas, el puerto de Tuxpan. Para entonces muy poco me imaginada todo lo que en México se puede navegar, por supuesto esa es otra historia…

Las mañanas soleadas que avecinan a veces desde tempranito tormentas vespertinas dibujaban un cielo muy azul, con pintaditas de gris y rojo, con plumitas blancas y algodones pesados, las tardes parecerían no acabar pronto; después de días y noches mariposita empieza el retozo a senderos abiertos, para mí de mar, para ella de paz.

Yo debí preguntarme a mis añitos cómo es que un ser tan pequeñito, que se supone no es común ver navegar, puede brindar tanta luz, tanto amor, aguantar tanto y es que sus juegos parecen la razón por las que se humedecen las verdes aguas de un mundo tan árido de todo y enmohecido de dolor, como las barcas viejas de hierro y madera abandonadas al sol y la lluvia.

Ya me decían los marineros viejos que en el mundo existe el negro para que luzca el blanco, y es que la luz de mariposita-luciérnaga opacaría a más de una mariposita sólo para que quienes la amamos la veamos grande y para que el mundo aprenda algo sobre el amor.

Mariposita ha sido el sol de todas y cada unas de mis primaveras de colores. mariposita es una ñiña muy bella, muy tierna, tan alegre como cualquier mariposita, pero tan especial para mí, que sé que es la mejor; a través de su alegre inocencia todo puede sanar.

Mariposita me mira y siento cómo el día pasa rápido, cómo nuestros juegos, si ella sonríe, se vuelven alegrías y cantos; y así de repente cae la noche y las estrellas frente a ella brillan un poquito más plateadas, sólo un poco, su luz se hace mi luz.

Mariposita ve como flores en el agua a los peces que brincan entre la espuma, y me sonríe y me deslumbra con miles de historias que yo decido creer, sólo por verla feliz; y su fantasía se me convierte en realidad; de repente vivo entre su mundo azulado de caramelos suaves, gomitas de grosella, acuarelas, hojas y lápices de pastel, y mi mundo pequeño se despreocupa de lo que sucede en altamar.

Finalmente nos dicen los marineros que hemos llegado al puerto nuevo; han pasado mil tormentas sin que siquiera el tiempo haya sucedido lento. Yo nunca había estado allí, quizá desde antes pensaba en el arribo, pero siempre mi pensamiento se veía nublado con las velas de otros dolores, mariposita: mi distractor.

Ese día el sol era pardo y quemoso, las golondrinas nos hacían maldades a proa y babor. Mi madre sonreía al fin, yo sabía que esta vez era el puerto correcto, sabía dentro de mi pancita de winnie poo que ese sería mi hogar; un hogar en tierra que mariposita y yo habíamos anhelado desde la primera vez que zarpamos del puerto oscuro.

Ya no recordaríamos cuántos piratas quisieron reinar nuestro barco y el mar, ya no recordaríamos las largas tormentas; y si algo pudiera regresar a nuestras memorias sería de todo lo que vivimos para poder encontrar este puerto. Entonces seríamos cada día felices recordando que a veces para volver a un hogar, mil mares de todo deben navegarse.

Mariposita y yo estaríamos siempre orgullosos de luchar y luchar entre las grandes mareas para llegar a conocer a un gran capitán, y mi madre, su segunda entonces, sabría que también hay algo más que las sonrisas sin pausa de una luciérnaga-mariposita y de un marinero limpia proas.

Sí, el día no acababa, pero estábamos allí intentando descargar los baúles de sueños empolvados y tristes por tardarse en desembarcar.

Pronto llegó otro día para dibujar en la orilla otras historias. Es que en el mar y la vida todo está dicho, pero la forma de contar las tormentas y los arcoíris sería en esta ocasión turno nuestro.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: