“El hombre equivocado”

De entre los juncos Azzith levantó la cabeza. Miró el gran corpúsculo levitar lentamente entre una serie de deshilachadas nubes blancas que le flanqueaban como brazos abiertos que se separaban cada vez más, hasta ser aire. Siguió con la vista la marcha fugitiva del glóbulo con dirección a la torre de jade cuya superficie lucía tornasolada, ora se transparentaba, volviéndose cristal lechoso y luego de un azul traslúcido, ora se volvía rojo coralino y poseía esa forma de faro perdido en un acantilado en la costa inglesa.